Beato Padre Cristóbal de Santa Catalina


Nace en Mérida (España) el 25 de julio de 1638; un momento histórico complejo y difícil.

Su familia compuesta por los padres y cinco hijos, vive del trabajo duro en los campos y otros servicios. Por lo que Cristóbal sabe pronto de necesidades.

En su niñez ayuda a sus padres y hermanos a recoger frutos del campo y ya da signos de sensibilidad religiosa. A los siete años dice que va a hacer una confesión general.

Aun adolescente, comienza a buscar empleo para ayudar en casa y dedica el tiempo que no emplea en la escuela en ejercer oficios de enfermero y sacristán.

Quienes lo conocen afirman de él que es un joven responsable, de trato cercano y afable con los enfermos e inquietud espiritual.

Después de estos años de trabajo, Cristóbal se siente llamado al sacerdocio y comienza su preparación, siendo ordenado presbítero el 10 de marzo de 1663.

Pero, apenas estrenada su nueva forma de vida recibe un destino nada fácil: Capellán de un tercio en guerra. En plena campaña, enfermedad, sufrimiento, soledad, propias y de los compañeros. Saca entonces lo mejor de sí mismo: valentía, corazón, manejo de enfermería, y Dios en medio, consuelo y perdón. Por fin, concluye la guerra y vuelve a casa con la salud mermada y acrisolado su interior en la dura experiencia vivida.

Mientras se recupera, prosigue su vida en Mérida. Pero se encuentra de nuevo con vivencia poco común. Un amigo es apuñalado en extrañas circunstancias y algo tiene que ver con él. Experimenta descarnadamente su propia fragilidad y desvaríos.

Cristóbal, valiente, realista y clarividente da un giro fuerte a su vida. Dios le merece la pena y le ha fallado. Caminando y solo se dirige a la sierra de Córdoba, concretamente al Bañuelo, donde sabe hay hombres que viven en soledad, dedicados a la oración y la penitencia.

Apasionado en sus quereres y decisiones vive a tope el nuevo rumbo tomado y en la soledad fortalece su espíritu. Oración, meditación, pobreza rigurosa, penitencia, lectura espiritual, agudizan su sensibilidad que goza de la naturaleza y le pone en comunión con ella. Cultiva la tierra, algunos frutos para su alimentación, y flores (azucenas), y es amigo de animales con quienes se entiende bien: lobos, culebra.

Con todo, a Cristóbal de Santa Catalina, que así se llama desde que llegó al eremitorio, le importó siempre la gente. Cuando ve a los trabajadores del campo ajetreados en su dura tarea les echa una mano. También, en las contadas ocasiones que baja a la ciudad de Córdoba ha visto personas muy necesitadas y hace montones de picón y leña que carga en su espalda y se la lleva a las puertas de sus casas sin dejarse ver.

Su forma radical de vivir llama la atención de personas que viven y trabajan próximas a su retirada ermita, de la que apenas sale si no es a los menesteres dichos. Otros ermitaños le piden que haga grupo con ellos y los oriente espiritualmente. Han gestado así una Congregación que se reúne para la Eucaristía en la capillita de la Virgen de Villaviciosa,  aquí mismo ubicada. Ya saben que es sacerdote y religioso franciscano y por eso ahora la gente lo conoce como el P. Cristóbal de Santa Catalina.

Ha vivido como ermitaño casi seis años, pero la gran pobreza y miseria que ha visto en Córdoba le grita dentro.  

Y comienza otra etapa de su vida en el hospitalillo de Jesús Nazareno, que le ha pedido a la cofradía del mismo nombre. Aquí, largas horas de oración ante Jesús Nazareno. Suplica luz, gracia, fortaleza, para intentar remediar tanto sufrimiento. Mirando a Jesús Nazareno le es concedida la gracia de sintonizar con sus sentimientos. Amor apasionado y entregado.

Calles y aceras son el único rincón de muchos. Encuentra abandonados, viudas, huérfanos, enfermos, prostitutas y bandoleros por necesidad… Necesitan casa, alimento, vestido, compañía.

Descubre, además, otros géneros de pobreza no menos acuciantes: soledad, sin sentido, insolidaridad, falta de fe.

El hospitalillo se llena enseguida de vida. El Nazareno y el P. Cristóbal se han aliado para ello. Cristóbal no tiene medios, pero el Nazareno le asegura su providencia permanente. Que va llegando de la mano de vecinos y de otras personas que, con posibles o sin ellos, contagiados de su ardor van aportando camas, alimentos, ropas, enseres… ¡y personas voluntarias con él!

Se preguntan qué mueve al P. Cristóbal, de dónde esa pasión por los pobres, esa valentía para acometer lo que haga falta entre tantas dificultades, ese contagiar caridad y cercanía sin apenas palabras. Los más sensibles van cayendo en la cuenta: Ama con todas las fuerzas al buen Padre Dios, y al Nazareno, a quien sigue muy de cerca y a la Virgen. Con ellos habla y se confía. De ahí su entrega sin medida, confianza, fraternidad, sencillez, humildad, perdón, paciencia. De Dios, hijo; y de todos, hermano.

Pero con los pies en la tierra. Hay que pedir limosna de puerta en puerta, en Córdoba y otras ciudades, para poder alimentar a las mujeres enfermas y niños que viven en el hospital y a muchedumbre de pobres de la ciudad.

Algunos hombres y mujeres han conectado con su chispa; son ahora Hermanos y Hermanas, religiosos con él y como él, Hospitalarios Franciscanos de Jesús Nazareno, con una forma de vida evangélicamente sencilla de seguimiento a Jesús Nazareno en oración y servicio a los pobres.

Los Hermanos piden limosna y las Hermanas se dedican a la atención directa de las mujeres y niñas que viven en el hospitalillo de Jesús Nazareno. Esto es lo que se ve por fuera, porque al interior de la Casa hay mucha vida escondida. Dice el confesor del P. Cristóbal, que éste ha dado a las Hermanas y Hermanos dos alas para volar: la oración y el servicio a los pobres.

El P. Cristóbal vive y enseña “hospitalidad”. Él la entiende cálida y amplia. Realista y clarividente. Hospitalidad es hogar, corazón, gratuidad, diligencia.

Hay quienes se extrañan de su caridad desbordante porque saben que no tiene rentas, ni capital, ni fondos seguros. Pero tiene una confianza inquebrantable en la bondad de Dios que tiene su mano abierta para el socorro de los necesitados; por su parte, no se ahorra diligencias, ni trabajos. Así lo vive y así desea que lo hagan los Hermanos y Hermanas y toda persona que entre en relación con ellos. “Mi Providencia y tu fe van a tener esto en pie”, le ha prometido Jesús Nazareno, y así lo coloca como rótulo en la entrada del hospitalillo.

Es cuestión de amor. Amor a Dios y amor a los hombres. Pendiente está de lo que Dios quiera, de agradarlo; como el girasol que se nutre y fructifica del sol, así vive el P. Cristóbal. Es el motor de su vida y acción. Tiene una cuevecita en el hospital, en la que ni quiera cabe de pie, solo arrodillado, en la que dedica largo tiempo en la oración.  De ella saca fuerzas para su entrega sin medida olvidándose de sí mismo.

Es su libertad, tiene señorío de sí mismo. Vive lo que cree. Sabe lo que quiere aunque eso le traiga innumerables trabajos y sufrimientos. Se gana el corazón de las personas por su humildad, paciencia, coherencia, perdón y valentía.

Habla poco pero enseña mucho a pequeños y mayores. Los hechos son los que hablan. Canta y juega con los niños, da de comer él mismo a las enfermas y adorna sus camas, consuela a quienes están solos, visita enfermos en casas, hace diligencias para socorrer a todos.

Recibe la fuerza y la luz de Jesús Nazareno y no hay quien le gane en humildad. Se siente hermano de todos y no se crece con las alabanzas.

Con todo, no tiene la vida fácil, aunque se muestra sereno y paciente. Incomprensiones de dentro de casa y de fuera, hasta alguna temporada ha tenido que quedarse en el hospital por mandato del obispo. Acusaciones y difamaciones. Críticas de la obra que lleva adelante. Enfermedades graves contagiado en el cuidado a enfermos. Viajes a pie hasta Sevilla y Cádiz para recabar recursos necesarios. Trabajo agotador. Amén de todo ello, él mismo se impone toda clase de penitencias y austeridades.

En Córdoba le llega la muerte. También contagiado por la epidemia que asola la ciudad. Es 25 de julio de 1690.  Su vida ha transcurrido entre Mérida (1638) y Córdoba (1690). 

Deja testamento a sus Hermanas y Hermanos: “Busquen ante todo la gloria de Dios y procuren guardar el Instituto con gran humildad de sí mismos y gran caridad de los pobres, amándose unidos en el Señor”.

Las campanas han alertado a los cordobeses de su fallecimiento y el Hospital de Jesús Nazareno está a rebosar. Lloran todos y hablan de la bondad y entrega del P. Cristóbal; muchos dicen que es santo, también los niños. El ayuntamiento de la ciudad lo proclama benefactor de Córdoba.

Tras su entierro, obispado y ayuntamiento de la ciudad comienzan las gestiones para abrir su Proceso de canonización.

Entusiasmados hemos vivido su Beatificación el 7 de abril de 2013, en la catedral de Córdoba, Hermanas de su Congregación, cofrades y devotos llegados de toda España, y varios países de Hispanoamérica, Italia y Bosnia.

Preparamos ahora su pronta Canonización.  


Congregación de Hermanas Hospitalarias de Jesús Nazareno