La Transfiguración: Contemplación y Acción
Segundo domingo de cuaresma, Jesús sube con Pedro, Juan y Santiago a orar, los lleva a encontrarse con Dios su Padre, quien confirma la divinidad de Jesús; los tres apóstoles son testigos de su transfiguración y son invitados por el Padre a escuchar con todo su ser y hacer: “Este es mi Hijo, el escogido escuchadle” (Lc. 9,28-36).
Por ello, es importante capacitarnos en el arte de hacer silencio interior, de centrarse en el otro, poniéndose a sí mismo entre paréntesis, aprendiendo a manejar los sentimientos que produce el encuentro con la alteridad, especialmente el encuentro con la vulnerabilidad ajena. Ponernos en el lugar de Jesús, en ese momento de la transfiguración, de luz, de felicidad. Y también en ese anuncio de su muerte, sin quedarnos dormidos. Por ello la vida cristiana es una experiencia de dos tiempos: es un proceso de transfiguración en el que está presente el componente de entrega, de sufrimiento, de compromiso. Felicidad y esfuerzo, Tabor y Calvario. No podemos potenciar solamente una de las dos dimensiones. Los seguidores de Jesús acepamos la vida en lo que tiene dolor, esfuerzo, camino; pero sin añadir más dureza a la existencia. Estamos llamadas a desarrollar la sensibilidad de escuchar a Cristo y a su pueblo sufriente.
Por ello puedo hacer estas preguntas:
¿Considero la oración como una necesidad?
¿Estoy convencida de que la verdadera oración cambia mi vida?
¿Puedo contar con alguna experiencia de este tipo? ¿La puedo comunicar a los demás?
¿Estoy convencida de que una auténtica oración me lleva a la vida?
Nosotras, hermanas hospitalarias, tenemos contenido en nuestras constituciones numeral 36, que la oración brota la moción del Espíritu Santo como respuesta a la voz del Padre que plenamente nos habla en su Verbo Encarnado, llamándonos a un diálogo vivo de hijos en amistad íntima y personal con Él, en Cristo y de fraternidad universal con todos los hombres.” Subamos, pues, en este tiempo de cuaresma a orar a la montaña, con Jesús, para tener experiencia de su gloria y así poder afrontar los desafíos del día a día en el duro camino hacia la cruz. Como lo hizo nuestro padre Cristóbal, que ardorosamente buscaba a Dios, amaba Dios y se llenaba de Dios, secreto que lo empujó acoger a los pobres, amar a los pobres y servir a los pobres; vivir en perfecto equilibrio: contemplación y acción legado que nos dejó, pues seamos esas mariposas que buscan, aman y sirven a Dios y a los menos favorecidos.
Entremos en las “señales” de Dios, respetémoslas, así seremos conducidos a la alegría de un Tabor sin fin, hecho de compromisos y gestos concretos, pero con Dios como fuente y fin.






