Silencio y perfume de María
Bienaventurada, mujer, que con tu silencio alabas al Nazareno.
En pies y cabeza, con nardos, perfumas el misterio.
Del frasco mana el olor de mi alma arrepentida.
De la sangre del madero saldrá el sentido de mi vida.
Alaba, alma mía, con este perfume al condenado,
que, aunque guardado para tu sepultura,
al madero de la vida me has atado.
Con perfume de nardos guardado,
reproche del que te entrega,
en la Cruz, perdonas a tantos Judas interesados.
Escucha mi silencio que mana del corazón,
oración perfumada a seis días de tu condenación,
levanto mi mirada con gritos mudos de perdón.
¡Oh, Divino Maestro!, vida me das con tu muerte
por ello sola, generosa con mi perfume
en casa de Lázaro a todo tu cuerpo se unge.
Nardo que viene de lejos
derramado sobre el que deja su trono y su gloria
para venir a esta tierra poco cumplidora.
Nardo de puro amor,
adoración perfumada, que da aliento y fortaleza
para esta vida entregada.
Sentado a la mesa está el Rey,
María en silencio cumple las escrituras,
como si fuera Iglesia fundadora,
ungiendo al Salvador con perfume para su sepultura.






