Sábado Santo: Silencio y Esperanza en tiempos de cambio
El Sábado Santo es un día de profunda reflexión y recogimiento dentro de la vida de la Iglesia. Para todos las cristianas y cristianos, este día adquiere un matiz especial, marcando el final del Triduo Pascual y preparando el corazón para la alegría de la Resurrección del Señor. En la preparación de nuestro XX CAPITULO GENERAL, el Sábado Santo nos invita a vivir el silencio y la confianza, inspiradas en y por la Virgen María, como una respuesta de fe ante los nuevos caminos que Dios nos propone.
Teniendo en cuenta el silencio y la espera de Maria, el Sábado Santo es vivido en un ambiente de oración, siguiendo el ejemplo de María, quien guardó en su corazón la confianza en las promesas de Dios. Ella no comprendió todo de inmediato, pero su fe inquebrantable la sostuvo en el momento más oscuro. De la misma manera, como parte de la preparación a nuestro Capítulo General, las comunidades están llamadas a entrar en un tiempo de acogida y discernimiento, confiando en que Dios guía cada decisión que se tomará para el bien del carisma y la misión. También la Familia Nazarena ha recibido esta llamada, desde el acompañamiento y desde la fe compartida.
A diferencia de otros días del Triduo Pascual, el Sábado Santo no cuenta con una liturgia propia hasta la Vigilia Pascual. Este vacío litúrgico resalta la espera y el misterio de Cristo en el sepulcro. En este contexto, todas las hermanas se encuentran también en una pausa espiritual, poniendo siempre en la presencia del Nazareno que todas las decisiones capitulares sean huracanes del Espíritu de Dios.
Siguiendo el ejemplo de María, nuestras comunidades se preparan para la gran celebración de la Vigilia Pascual con un corazón lleno de fe y esperanza. Paralelamente la Congregación reflexiona sobre los nuevos desafíos y llamadas discernidas en nuestro próximo Capítulo General, confiando en que cada cambio es una invitación a crecer en fidelidad al Evangelio.
Así, el Sábado Santo se convierte en un día de silencio fecundo, de espera confiada y de preparación espiritual, donde nuestra Congregación, y con ella toda la Familia Nazarena, en unión con la Virgen María, se abre a la esperanza de la victoria de Cristo y a la certeza de que todo cambio, vivido en fe, conduce a una vida renovada en el amor de Dios.






