Caminando con los mocasines de Pedro


En este día de Sábado Santo, pongámonos en la piel de Pedro. ¿Por qué niega Pedro a Jesús? ¿Por miedo? No lo parece ya que unas horas antes, en el Huerto de los Olivos, ha estado a punto de matar al criado del Sumo Sacerdote con una espada.

¿Vergüenza? Parece lo más probable.

¿En qué momentos nos avergüenza Jesús? ¿Cuáles de sus actitudes nos causan vergüenza? La actitud de Jesús en el Templo, cuando echa a los mercaderes, p.e. O cuando no se defiende ante el Sanedrin, cuando deja que le insulten. Pero, ¡si es el Hijo de Dios!, ¿por qué no se defiende? Él, que ha luchado contra tantas injusticias, ahora que es la víctima directa de una de ellas, ¿qué hace? ¿se rinde y se deja llevar? Entonces sugen las dudas: ¿este es el Mesías, el Libertador que esperábamos? ¿era éste el que nos prometía el oro y el moro? ¿el que nos iba a solucionar la vida? ¿el que tenía que venir? ¿el que iba a liberarnos del opresor romano y restaurar la gloria de Israel? ¿era éste? ¿El que se ha entregado? ¿Por este tipo, por este cobarde, me he dejado la piel estos años, he abandonado a mi familia, mi trabajo, mi vida? Ahora que era el momento de luchar, de dar el golpe y hacernos con el poder o al menos iniciar la revuelta definitiva que volviera las cosas a su cauce,... ahora va y se entrega. Se niega a luchar y se entrega. Se entrega. No es que lo hayan cogido, no. No es que le hayan tendido una trampa, no. Simplemente se ha negado a luchar.

No lo entiendo. Me habré equivocado. Pero no. He visto sus milagros. ¿te acuerdas del ciego de Siloè? ¿De la mujer encorvada? ¿de la hemorroísa? ¿De la hija de Jairo? ¿De mi propia suegra? Los curó. Y cuando estábamos con él en el lago y nos moríamos de miedo en medio de esa tempestad, solo su presencia pareció calmar a los elementos y junto a él, la vida parecía tener un sentido, otro sentido. Con Jesús, la vida era más vital.

Entonces, la decepción se apodera del corazón de Pedro. Y ¿cuándo algo o alguién nos decepciona? Cuando no cumple o no llega las expectativas que nos habíamos fijado para ese algo o alguién. Pedro conoce las escrituras, como todo judío varón de su tiempo. El Mesías que espera Pedro, sobre el que reflexiona esa noche es en parte un profeta, en parte un salvador, en parte un rey, que conseguirá sus objetivos gracias a la violencia.

Se da cuenta de que Jesús es mucho más que un adivino o un sabio, es más que un libertador político y que la violencia queda fuera de su mensaje. Se da cuenta entonces de que el Mesías que es Jesús llora, no oculta sus sentimientos, se acerca y se ocupa de los niños, que pide agua y que da de beber, que rompe las cadenas y nos endereza, que toca y es tocado, que ama y se deja amar,... Es un Mesías que nos libera, nos libra de las cadenas a las que la sociedad, nuestro género, nuestra educación, nuestras creencias, nos atan. Es un Mesías que nos lleva a una nueva plenitud, a que seamos cada vez más nosotras mismas. Es un Mesías que nos empuja a profundizar, a ir hasta nuestros límites, y luego más allá.

Imaginamos que todo esto son palabras que resonarán en su corazón hasta la mañana de la Resurrección, cuando a la luz de la misma, todo cobre sentido.

Pongánonos los mocasines de Pedro, y pensemos en todas esas veces en las que Jesús o Dios nos decepcionan. No cumplen con nuestras expectativas y no son el Dios que nos gustaría. En todas esas veces en las que los Evangelios dan una imagen de Jesús que no coincide con la nuestra. Y pidamosle a ese Jesús que nos abra el corazón para acoger esa nueva imagen y que nuestra vida se haga a imagen y semejanza de la de Él.


Congregación de Hermanas Hospitalarias de Jesús Nazareno