Nazarena al servicio


No nos creamos hijos predilectos del Señor y de su Madre, si en nuestra vida falta el sacrificio y el desapego (San Juan XXIII).

Que dentro llevaba siempre los sacrificios en favor de los que no cuentan del  P. Cristóbal, cuantas hermanas me habían contado todas sus inseguridades vencidas, pero nunca pesé que en mi vida consagrada esa devoción se convertiría en una prueba.

Sabía que la vida consagrada deja de ser vida desde el momento en que deja de ser movimiento, yo estaba dispuesta a tener vida en abundancia.

El mismo día que comienza la cuarentena en Perú, las hermanas abandonamos nuestras misiones y nos reunimos todas en Lima, la capital, dejando muy a mi pesar a muchas personas en el más absoluto abandono. Ni un solo día pasaba sin que en mi oración no me pasara por la cabeza que el P. Cristóbal se contagió no por quedarse en su comunidad, sino por salir en busca de los que nadie socorría, estaba a punto de consumirme por el peor de los virus, “el miedo y la conformidad”.

Con un permiso bastante corto y con innumerables recomendaciones de mis hermanas emprendí mi camino hacia lo que sería el mayor de los desafíos de mi vida consagrada. “VOLVI A MANCHAY”.

La Parroquia ya había empezado a movilizarse para socorrer a tantas personas que viven en los desérticos cerros de Manchay, y como peón humilde me puse a la disposición del párroco, pronto me di cuenta de que aquello era mover un grano en un desierto, nunca mejor dicho, que aunque estaban muchos jóvenes valientes y consagradas desde sus comunidades haciendo bolsas de comida, las listas para cada sector era de más de 200 personas, por  sector.

Al llegar al sector que nos asignaron y como si me apretaran el corazón con fuerza, vimos una interminable cola de personas que  bajo un sol que abrasaba nos esperaban como si el milagro de la multiplicación de los panes y los peces estuviera en nuestras manos en el siglo XXI, pero ahí no estaban todos, faltaban las caras conocidas de todos los días en el centro que atendíamos. ¿Quién socorría a nuestros ancianos que no podían ponerse en esa cola?

Ahora tocaba en soledad y como fiel servidora del P. Cristóbal ir de casa en casa de nuestros incondicionales ancianos,  llevándole  lo que necesitaban. Un motocarro subía los montes, con todo el peso de las bolsas,  pero una ilusión infinita  movía a esta Nazarena, solo llanto y agradecimiento se sucedía de casa en casa.

Pasó un mes, los días eran agotadores y llegando un día a la comunidad, agotada y casi en lágrimas metí la mano en mi bolsillo y encontré una reliquia del P. Cristóbal, una gran sonrisa me llegó al alma, nunca había estado sola, otra vez más nuestro Beato había cumplido su promesa, “SU PROVIDENCIA Y MI FE ME HABIAN MANTENIDO EN PIE”.   

    

                                                               GINA CHERY,hjnf

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Congregación de Hermanas Hospitalarias de Jesús Nazareno