Virgen del Carmen, maestra de contemplación
Flor del Carmelo,
Viña florida,
Esplendor de cielo,
Virgen fecunda y singular.
¡Oh, Madre tierna!
Intacta de hombre,
a los carmelitas,
proteja tu nombre!
Estrella del Mar.
Dulce Madre,
Señora del Carmelo,
concede a tus siervos
la alegría de la que gozas.
¡Estrella del Mar!
Del paraíso
Puerta y Llave.
¡Madre, condúcenos
donde estás coronada de gloria!
Aleluya.
Es una canción popular que me viene a la cabeza en estos días cuando estamos a punto de festejar a la Virgen del Carmen. Según la tradición tiene su origen en una bellísima oración atribuida al mismo San Simón Stock.
El Carmelo, que nació en una montaña bendecida por la acción del profeta Elías, en sus orígenes y en su desarrollo en el mundo ha conservado siempre este aspecto significativo de la espiritualidad, proponiéndolo también a quienes tienen sed de Dios.
La contemplación es una acción que va más allá del simple ver y oír, es un ver interiorizado, en el sentido de una apertura a la trascendencia. Es como ver con los ojos del alma, bajo el poderoso estímulo del Santo Santo. ¿Qué contempló el profeta Elías? El mar abierto, las verdes colinas de Galilea, las montañas lejanas: pero no fue esta realidad paisajística la que lo empujó hacia un amor exuberante de Dios, a obedecerle, a dar toda su existencia, a vivir sólo para Él: de aquí su ardor celoso en defensa de la única religión. Hombre acostumbrado a la aspereza de la roca, al silencio de la naturaleza, a esa imagen indefinida de un Dios que estaba allí, pero que aún no se había manifestado en un rostro humano. Sintió a un Dios omnipresente, lo adoró siguiendo su voz en las cuevas o en el mundo complicado. Toda su acción y fuerza estaba en Dios.
En los nuevos tiempos llega María, mujer sencilla y normal, pero a la que Dios está preparando para una tarea alta y difícil. En los Evangelios se registran muy pocas palabras que se refieran a ella: esto no quiere decir que estuviera ausente de la actividad de su Jesús, una distancia digna de él para no entorpecer su evangelización, pero en su corazón de madre este silencio era oración, contemplación de las grandes obras de Dios que Dios estaba realizando a través de su hijo Jesús.
El silencio es la copa de la contemplación, no un vacío que deprime y anula a la persona, sino un espacio que queda abierto a la comunicación de Dios en nosotras. Habla en el silencio y cuando nuestros pobres pensamientos callan; por el ligero viento del Espíritu Santo entra en nuestros corazones dejando una estela de gracias y dones.
La contemplación de María consiste en leer sus hechos fuertes y extraordinarios, refiriéndolos sólo a Dios y no sometiéndolos a la lógica de la razón, que manifiesta límites evidentes de comprensión. Vive entre la historia que se desarrolla y el misterio que se revela lentamente. No tiene con quién consultar: se queda sola para decidir qué responder; leyendo la Biblia sabe que en la historia ha habido prodigiosos milagros de Dios a muchas mujeres y ahora se le informa que hasta su prima, ya desvanecida por los años, será madre en unos meses. Al final, una valiente joven María reúne todas sus energías interiores y se atreve a arrojarse en los brazos de Dios con todo su ser.
Para María es precisamente la acción contemplativa la que le permite estar presente en el corazón del Hijo, manteniéndose distante y respetuosa de él: no miró su asombrosa historia con ojos humanos, sino que confió plenamente en el misterio de Dios, dejándolo decidir y casi expropiar su débil identidad material. Siguiéndola bien en algunos episodios evangélicos que la conciernen, partiendo también de las expresiones de su prima Isabel, notamos esta dimensión contemplativa: se concibe el misterio para corresponder mejor a lo que se le pide desde arriba. María, por tanto, permanece humilde y elevada más que una criatura (Dante), concreta en sus deberes en la familia de Nazaret, pero al mismo tiempo abierta y continuamente seducida por lo que es cada vez más alto, más grande y más intensamente divino, hasta el punto de ser indecible, pero que es la verdad dinámica de su existencia.
La transformación de la vida de María es evidente después de la Anunciación del Ángel: ya el Santo Santo la hace fecunda, la posición del esposo José se recompone también en Dios; toda su persona está dedicada al niño hasta su muerte en la cruz. Nada será tan importante para ella como la relación humana y contemplativa con el Hijo de Dios.
Es la misma contemplación que precederá a toda la obra del Padre Cristóbal, la que vivió y sintió en el Bañuelo. Esos años de oración y silencio fraguarán en su alma una relación con Dios que le impelerá a salir hacia l@s otr@s, hacia las hermanas y hermanos de la ciudad de Córdoba que sufrían pobreza, abandono, falta de bienes materiales, de cuidados,… El ejemplo contemplativo de María le lleva a no ser indiferente al sufrimiento de las personas que encuentra en sus viajes a la ciudad.
Hoy, en este día tan especial, con toda la familia nazarena no podemos dejar de decirle, con el Padre Cristóbal: “Nos alegramos de que seas la madre de Dios”.
También queremos desde aquí celebrar a todas aquellas que portan este nombre y que en la familia nazarena son muchas. ¡Qué la Virgen del Carmen os cuide y proteja siempre, y os conceda todo lo que necesitéis!.






