Adviento, tiempo de espera
Hermanas y hermanos, hoy comenzamos el tiempo de Adviento. Un tiempo de espera. Un tiempo de preparación, pero lo hacemos con alegría. Nos regocijamos en esta preparación, porque nos preparamos para recibir y celebrar el nacimiento de nuestro Dios. Cada una de nosotr@s hemos aprendido un poco sobre la espera, y le suplicamos al Señor.
Esto me recuerda al pueblo judío que mantenían una esperanza por generaciones de la venida del Mesías. Es por eso que cada año, reflexionaban y recordaban, la promesa que el Señor le había hecho de que el Mesías iba a venir a salvarlos. En este tiempo de preparación, pidámosle al Señor que, a través del Espíritu Santo, que vive en nosotras, nos inspire y nos conceda su gracia para reconocerlo. Que el “Emanuel”, el Dios con nosotr@s, continúe naciendo en todas y cada un@.
Pedimos al Niño Dios que nos conceda la gracia de poder amarlo, servirlo en los enfermas, niños, ancianas, migrantes, etc. Como lo hizo nuestro padre Cristóbal con mucha dulzura y delicadeza, siendo instrumentos de su reino aquí en este jubileo de PROVIDENCIA Y AMOR.
Mateo 24,37-44.
Velen y estén preparados
Jesús quiere que despertarnos de la indiferencia que tenemos de la cosa de Dios. Lo hace con un verbo: "Velen" (Mt 24,42). "Estén preparados, velen". Velar era tarea del centinela, que vigilaba despierto mientras todos dormían. Velar es no ceder al sueño que envuelve a todos. Para poder velar necesitamos tener una esperanza cierta: que la noche no durará siempre, que amanecerá pronto. Es lo mismo para nosotros: Dios viene y su luz iluminará hasta las tinieblas más espesas. Pero a nosotros hoy nos toca vigilar, velar: superar la tentación de acumular, a nosotros nos toca desenmascarar el engaño de que uno es feliz si tiene tantas cosas, resistir a las luces deslumbrantes del consumo, que brillarán en todas partes durante este mes, y creer que la oración y la caridad no son tiempo perdido, sino los tesoros más grandes que Dios nos ha dado como un don.






