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Misionera de los abrazos de Dios

Misionera de los abrazos de Dios


Cuando aquella joven madre de apenas dieciocho años cruzó la puerta de nuestra casa en Manchay, traía pegado a su falda tableada del colegio una personita escondida, y con los ojos muy abiertos, escuchaba como su madre le decía: "Ariel hijo, saluda a las hermanas". Y así comenzó esta historia que Dios quiso escribir como parte de nuestras crónicas.

Ariel tiene cinco años y su risa ha llenado de luz nuestra casa en Manchay. Herida por la vida, buscaba un refugio donde su hijo pudiera crecer sin miedo. 

Nuestro Ariel tiene los ojos vivos y el cuerpo inquieto. Desde el primer día llenó de movimiento nuestros silencios. En las mañanas, mientras entonamos los Laudes, su risa rompe el recogimiento y, en lugar de molestarnos, nos recuerda que la oración más sincera también puede tener forma de carcajada.

Su ilusión más grande es acompañarme a sacar la furgoneta de casa, aunque solo sean unos metros. Se pone de puntillas, porque apenas llega a las ruedas, con el alma entera en los ojos, descubro en ese gesto el deseo puro de participar en todo, de sentirse parte de algo, y escucho bajito y con miedo: "¿Hermana le ayudo a sacar el carro?". Y ahí me rompo como si su sonrisa estuviera en mis manos, "¡Claro que sí, Ariel, sube!".

Y ahora empieza una ola interminable de preguntas sobre el salpicadero de la furgoneta, pero sinceramente ¡No me canso de contestarle!, porque su ilusión por saber es tan grande que Dios me regala el don de la paciencia y las ganas de verlo reír.

Un día me dijo, con una seriedad que solo tienen los niños cuando se confiesan: “Hermana, es que soy muy nervioso… mi cuerpo no puede parar, y en la guardería me riñen”.  Lo escuché, y mientras lo abrazaba, comprendí que su nerviosismo no era otra cosa que el fuego de la vida que arde sin permiso, el mismo que a veces nosotras, adultas, dejamos apagar con las rutinas y los miedos.

Cada vez que salgo de la comunidad, lo veo correr hacia mí. Pronuncia mi nombre entre balbuceos y risas, con la urgencia de quien teme llegar tarde al amor. Me dice que se ha portado bien, y enseguida pregunta si hoy le daré galletas. En ese instante, el mundo se detiene. Su sonrisa, su confianza, su inocencia… todo me habla de Dios.

He comprendido que no todos los milagros llegan en forma de curaciones o luces del cielo. Algunos vienen con la forma de un pequeño que corre, tropieza y vuelve a levantarse. Gracias a él, cada día siento que Dios me abraza, me recuerda por qué estoy aquí, me enseña que la Hospitalidad no es solo dar, sino dejarse tocar por la vida que llega herida y transformarla en esperanza.

Sí, los abrazos de Dios tienen nombre de niño. Y en este rincón humilde de Manchay, donde la pobreza duele pero el amor no se cansa, ese abrazo tiene una risa, unos pasos apresurados y la promesa silenciosa de que vale la pena ser misionera de las Hermanas Hospitalarias de Jesús Nazareno Franciscanas  y formar parte del plan de Dios. 

Hna. María del Mar Medina
Hospitalaria de Jesús Nazareno