El fuego de las llagas y la Hospitalidad que sana
REFLEXIÓN Y ESPIRITUALIDAD FRANCISCANA
EL FUEGO DE LAS LLAGAS Y LA HOSPITALIDAD QUE SANA
El legado místico del Padre Cristóbal de Santa Catalina y las Hermanas Hospitalarias de Jesús Nazareno
En la penumbra de Córdoba, el Padre Cristóbal de Santa Catalina fijó sus ojos en el Cristo Nazareno. Al contemplar sus manos rasgadas y su costado abierto, una verdad lo atravesó como una espada: las llagas de Jesús no eran cicatrices de la historia, sino heridas sangrantes en la carne de los abandonados. Atravesado por el fuego franciscano, entendió que no se puede adorar al Crucificado sin abrazar al crucificado de la tierra. Servir al pobre no era un acto de piedad; era un encuentro estremecedor con Dios en su agonía.
Pero esa mística exigía un amor sin tregua. Para sostener esa entrega, Dios gestó a través de él a las Hermanas Hospitalarias de Jesús Nazareno. Ellas nacieron no de la sola filantropía, sino del abismo de la Pasión. En la contemplación dolorosa de la Cruz, aquellas mujeres bebieron la fuerza sobrenatural para descender a las miserias más oscuras, transformando el asco en ternura y la desesperación en hogar.
Hoy, ese mismo fuego místico arde en las Hermanas Hospitalarias. Cuando una religiosa sostiene la mano de un moribundo, limpia las heridas de la enfermedad o abraza la soledad de un anciano, ocurre un misterio sagrado. No hay distancia entre el altar y la cama del doliente: la hermana busca en las llagas del Nazareno la fuerza de su vocación, y al tocar la carne sufriente del hermano, toca el cuerpo vivo de Cristo.
El legado del Padre Cristóbal no es un recuerdo: es una zarza ardiente que sigue quemando. En un mundo desgarrado por la indiferencia, las Hermanas Hospitalarias gritan con su vida que el dolor no tiene la última palabra. Ellas demuestran que, cuando el sufrimiento humano se une al costado abierto del Redentor, las llagas dejan de ser un abismo de muerte para convertirse en el altar sagrado donde brota la sanación, el consuelo y la salvación.
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«Servir al pobre no era un acto de piedad; era un encuentro estremecedor con Dios en su agonía.» |






